Ir al contenido principal

El hijo pródigo


I
En aquellas en quienes el amor es una naranja seca
Que preserva un viejo perfume sin el néctar bermejo,
Busqué el Infinito que hace pecar al hombre
Y sólo hallé un Abismo enemigo del sueño.
−¡El Infinito; sueño altivo que mece en su oleaje
Los árboles y los corazones como arena fina!
−Un Abismo, erizado de zarzas ásperas, donde rueda
Un fétido torrente de afeites mezclados con vino!
II
Oh, la mística, oh la sangrante, oh la enamorada,
Loca de aromas de cirio y de incienso, que no supiste
Qué Demonio te retorcía el atardecer en que, doliente,
Puliste un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús.
Tus rodillas endurecidas por las oraciones ensoñadoras,
Beso, y tus pies también que calmarían el mar.
Quiero hundir mi cabeza en tus muslos nerviosos
Y llorar mi error bajo tu cilicio amargo:
Allí, santa mía, embriagado por perfumes extáticos,
Olvidando el negro Abismo y el Infinito amado,
Luego de haber cantado muy quedo largos cánticos
Adormeceré mi mal sobre tu fresca carne.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Poemas de Charles Simic

En esta nuestra cárcel Donde el celador es tan discreto que nadie lo ve nunca hacer su ronda, hay que ser muy valiente para dar golpecitos en la pared de una celda cuando las luces están apagadas esperando ser oído, si no por los arcángeles del cielo, sí por los condenados del infierno. Posición sin una magnitud Como cuando alguien Que no habías notado antes Se levanta en un teatro vacío Y proyecta su sombra Sobre los fabulosos jinetes De la pantalla. Y tú tiemblas Mientras te das cuenta de sólo eres tú En tu camino A la enceguecedora luz solar De la calle. Menú del día   Sólo nos queda, caballero, un plato vacío y una cuchara con la que puede sorber enormes tragos de nada que suenen como si comiera una sopa negra y densa, humeante de tan caliente en el plato vacío. Sobre mí mismo  Soy el rey sin corona de los insomnes que aún lucha contra sus fantasmas con una espada. Un estudiante de techos y puertas cerradas que apuesta a que dos y dos no siempre son cu...

El justificante perfecto

Me fascina la anécdota de aquel hombre a quien su mujer le pidió que escribiera un justificante para su hijo que había faltado a la escuela. Mientras ella se apura en los preparativos para salir con el niño rumbo al colegio, el hombre lucha en la mesa del comedor con el justificante: quita una coma, vuelve a ponerla, tacha la frase y escribe una nueva, hasta que la mujer, que está esperando en la puerta, pierde la paciencia, le arranca la hoja de las manos y sin ni siquiera sentarse garabatea unas líneas, pone su firma y sale corriendo. Era sólo un justificante escolar, pero para el marido, que era un conocido escritor, no había textos inofensivos y aun el más intrascendente planteaba problemas de eficacia y de estilo. Quise escribir el justificante perfecto, confesó el hombre en una entrevista, y no me extraña, porque escritor es aquel que se enfrenta al fracaso de escribir y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión, mientras los demás sencillamente redactan. Podemos estirar...