El misterioso arte de la poesía



No creo que exista senda de mayor importancia en la búsqueda del hombre que la poesía. A través de ella nos acercamos al verdadero misterio de la creación. Ser poeta es lidiar con el misterio, desgarrarse la carne con el espíritu hacia lo divino, hacia la visión de nuestra naturaleza humana. La poesía es la más porfiada y la más certera actividad del hombre en su lucha por desentrañar el misterio de lo creado. Es la madre de la filosofía y, por ende, de todas las ciencias. La filosofía —un camino que también conduce al mismo afán— se encuentra, en sus pacientes escarceos, lejanamente distanciada del resplandor que es la meta. Y todo ello porque prescinde del arte, de jugar con el misterio, de crear un misterio sobre otro misterio para arrancar la luz de la concatenación de oscuridades.

Cuando la poesía que uno lee es auténtica, toca el fondo de uno mismo, allí donde se esconde el sentido oculto de la existencia, y parece acercarnos a lo trascendente, al eslabón perdido con la divinidad.

La poesía que emociona, que “toca el fondo”, se basa en dos cimientos imprescindibles que no se pueden soslayar: el contenido, el mensaje, el hecho que se desea trasmitir; y la forma, la manera en que se quiere plasmar el pensamiento. Ambos cimientos están condicionados, no por una convención del hombre, sino por la naturaleza misma de lo poético: el contenido debe contener misterio, y la forma debe contener música. Aclarando que el misterio no significa turbiedad; ni la música, ritmo edulcorado. El poeta, como un ciego, debe andar en la sombra sin caer en el abismo, y tiene la misión de llegar a su destino en cada poema; y, así mismo, como un bailarín honesto, debe danzar sin caer en el mecanicismo de sus pasos, y tiene la misión de encontrar su propio ritmo, el lenguaje que armonice con su pensamiento poético.

Por todas estas razones es que el estudio de un buen poema, requiere ser indagado en fondo y forma, para encontrar en la amalgama el verdadero placer estético. Encontrando los sutiles lazos que producen la armonía de la obra, se logra abarcar toda su belleza.


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jueves, 2 de junio de 2016

Del miedo de los poetas


En este texto, quiero expresarles mi franca opinión con respecto al miedo poético. Quiero encarar ese miedo que sentimos todos los poetas ante la labor poética y, más específicamente, ante la composición de un poema.

El miedo es un sentimiento muy arraigado en el ser humano. Desde la época de las cavernas venimos lidiando con el miedo: el miedo a la imposibilidad de comprender los fenómenos de la naturaleza, el miedo a los seres diabólicas que iba creando nuestra imaginación colectiva, el miedo a las enfermedades; y, fundamentalmente, a la muerte. Así, pues, la predisposición a sentir miedo se encuentra instalado en nuestros genes. Luego, nuestros padres nos educan a través del miedo, los profesores y los políticos perfeccionan ese carácter temeroso, estimulan las conductas timoratas. Y, finalmente, en cuanto a la labor poética, el miedo ejerce una poderosa influencia en la gestación de un poema, principalmente en cuanto al miedo a equivocar el camino argumental, el miedo (el más terrible) a no lograr un buen final; es decir, el miedo a no lograr el objetivo poético.

El miedo paralizante distorsiona el proceso de la creación poética, disminuye la luz de las ideas, y esto lleva a una desazón, a un sentimiento de vacío espiritual, arrojando al poeta a una patinada inercial sobre la hoja en blanco, en un giro orbital sobre una misma idea que no convence, que no satisface al espíritu. Se repiten los mismos movimientos una y otra vez hasta la alienación del estro.

Hay un verso de Celia Puerta que dice:

"adentrarse en el miedo del verso no nacido"

La sabiduría que se desprende de esta oración poética, a mí me resulta sumamente reveladora. Creo que resume la hazaña que debe emprender todo poeta que se precie de honesto consigo mismo. Y digo que el que así no lo hiciere, el que sienta miedo de adentrarse en el miedo del verso no nacido, es porque se ha resignado a un estilo, a una corriente, a una misma forma de poetizar, a un mismo registro. Se siente satisfecho de haber alcanzado su relajante voz poética, que le brinda, antes que nada, seguridad, la eliminación del miedo. Y gracias al apoyo de sus lectores, quienes le afianzan en dicha seguridad, se echan a solazarse, poema tras poema, en una rutinaria repetición de formas de expresión, de giros metafóricos comunes a sus propios símbolos, con variantes aburridas, y hasta de temas que, generalmente, giran en derredor de obsesiones existenciales, amores frustrados, o de antihéroes sociales a lo Bukowski . Esto, si no se echan a poetizar en el registro surrealista, donde se sienten inmunes a la crítica, porque creen que nadie puede cuestionar lo que se ha optado por no racionalizar. En este punto, me gustaría desconfiar de eso que se llama: “voz poética”. Creo que un poeta debe tener, antes mejor, “voces poéticas”.

Sentir miedo es como una alarma que tiene el ser humano para defenderse. Es bueno sentir miedo; pero, el miedo no encarado impide a los poetas a escribir los auténticos sentimientos.


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