El misterioso arte de la poesía



No creo que exista senda de mayor importancia en la búsqueda del hombre que la poesía. A través de ella nos acercamos al verdadero misterio de la creación. Ser poeta es lidiar con el misterio, desgarrarse la carne con el espíritu hacia lo divino, hacia la visión de nuestra naturaleza humana. La poesía es la más porfiada y la más certera actividad del hombre en su lucha por desentrañar el misterio de lo creado. Es la madre de la filosofía y, por ende, de todas las ciencias. La filosofía —un camino que también conduce al mismo afán— se encuentra, en sus pacientes escarceos, lejanamente distanciada del resplandor que es la meta. Y todo ello porque prescinde del arte, de jugar con el misterio, de crear un misterio sobre otro misterio para arrancar la luz de la concatenación de oscuridades.

Cuando la poesía que uno lee es auténtica, toca el fondo de uno mismo, allí donde se esconde el sentido oculto de la existencia, y parece acercarnos a lo trascendente, al eslabón perdido con la divinidad.

La poesía que emociona, que “toca el fondo”, se basa en dos cimientos imprescindibles que no se pueden soslayar: el contenido, el mensaje, el hecho que se desea trasmitir; y la forma, la manera en que se quiere plasmar el pensamiento. Ambos cimientos están condicionados, no por una convención del hombre, sino por la naturaleza misma de lo poético: el contenido debe contener misterio, y la forma debe contener música. Aclarando que el misterio no significa turbiedad; ni la música, ritmo edulcorado. El poeta, como un ciego, debe andar en la sombra sin caer en el abismo, y tiene la misión de llegar a su destino en cada poema; y, así mismo, como un bailarín honesto, debe danzar sin caer en el mecanicismo de sus pasos, y tiene la misión de encontrar su propio ritmo, el lenguaje que armonice con su pensamiento poético.

Por todas estas razones es que el estudio de un buen poema, requiere ser indagado en fondo y forma, para encontrar en la amalgama el verdadero placer estético. Encontrando los sutiles lazos que producen la armonía de la obra, se logra abarcar toda su belleza.


.

viernes, 29 de abril de 2016

Pablo Ibáñez






Instante joven

En aquel instante joven el aire de la calle prendía nuestras risas
al bullicio que manaba del primer bar de la noche;
¡qué ojos pertinaces al deseo, qué fragua de sueños humeantes!
lejanos todavía nuestros cuerpos del áspero exterminio de los años.

¿No recuerdas dolernos de fruición ante un espejo,
la flor labial amarillenta, huyendo a su placer en la madrugada?
¿No recuerdas la carencia animal de perspectiva,
la ignorancia tenaz que nos salvaba y nos perdía?

En aquel instante joven, la delusoria mugre de lo serio aún no había
cubierto con su grasa las ideas, podíamos mentir tranquilamente
con esa lúcida inocencia que acaba desmintiéndose a sí misma,
molida de vergüenza ante lo cierto, presagios, condiciones…

¿No recuerdas fumar furtivamente, la casa de madera sobre el árbol
detrás del cañaveral, junto a la acequia
canalizando la brisa saturada de luz en la mañana
y no tener memoria libre ni criterio de amor para guardarlo?
¿No recuerdas deambular indistinguibles la vida y la inconsciencia?

Al punto de inconsciencia —dilo tú— que no hubo, en realidad,
instante joven, sino ahora,
en forma de nostalgia de lo incierto.



Me ha gustado mucho este poema. Mucha riqueza técnica, profundidad semántica. El tema, ciertamente, es recurrente: tempus fugit, en su esencia; pero, lo novedoso es que aquí el poeta propone la conciencia desde el presente, sin lamentos, sino como una revelación de que la pérdida se hace realidad en el ahora (desde luego que no sería bueno vivir pensando que los instantes son sólo instantes. Lo bueno es vivir intensamente los instantes, pese a su carácter efímero). Justamente, lo que hace valioso aquellos instantes es el hecho de que lo vivíamos como si nunca fuesen a perderse.

En la forma encuentro un predominio de lo que algunos estudiosos llaman "el versículo endecasilábico", que son yuxtaposiciones de metros imparisílabos, cuyas pausas quedan a cargo del lector hallarlas. Digo un predominio, porque he encontrado algunos versos cuyos acentos fundamentales no caen dentro del patrón imparisílabo, lo cual podría considerarse como licencias o, en todo caso, un intento de incursionar en el difícil ritmo del multimétrico, donde las secuencias rítmicas se apoyan en recursos más sutiles de la intuición: anáforas, rimas internas, recursivas sintácticas, paralelismos semánticos, isotopías, etc., etc. También deseo señalar que la expresión poética, el lenguaje utilizado, en cuanto a esa intelectual forma de describir la realidad, me ha llevado a sentir un influjo cernudiano que, por supuesto, es positivo, ya que no se trata de una imitación simplista, sino de una suma lingüística a la riqueza de la propia voz poética.

En este ejemplar trabajo, donde se ha luchado denodadamente contra lo explícito (con total éxito), la estrofa final, el remate, se vuelve determinante para que el lector logre embeberse de la emoción, del placer estético. Realmente el autor ha logrado un cierre niquelado, no sólo por su lirismo, sino por su mensaje filosófico-existencial. El poema es un lujo para la poesía, pues ayuda a crecer al que se interese en estudiar el fenómeno psíquico de la composición poética: sus normas (que pueden ser creadas por el autor para cada poema), sus recursos enriquecedores, sus combates contra el desaliño lingüístico y semántico, y contra la pérdida del corpus, del hilo argumental.

Un poema para el aplauso.

Óscar

No hay comentarios: