El misterioso arte de la poesía



No creo que exista senda de mayor importancia en la búsqueda del hombre que la poesía. A través de ella nos acercamos al verdadero misterio de la creación. Ser poeta es lidiar con el misterio, desgarrarse la carne con el espíritu hacia lo divino, hacia la visión de nuestra naturaleza humana. La poesía es la más porfiada y la más certera actividad del hombre en su lucha por desentrañar el misterio de lo creado. Es la madre de la filosofía y, por ende, de todas las ciencias. La filosofía —un camino que también conduce al mismo afán— se encuentra, en sus pacientes escarceos, lejanamente distanciada del resplandor que es la meta. Y todo ello porque prescinde del arte, de jugar con el misterio, de crear un misterio sobre otro misterio para arrancar la luz de la concatenación de oscuridades.

Cuando la poesía que uno lee es auténtica, toca el fondo de uno mismo, allí donde se esconde el sentido oculto de la existencia, y parece acercarnos a lo trascendente, al eslabón perdido con la divinidad.

La poesía que emociona, que “toca el fondo”, se basa en dos cimientos imprescindibles que no se pueden soslayar: el contenido, el mensaje, el hecho que se desea trasmitir; y la forma, la manera en que se quiere plasmar el pensamiento. Ambos cimientos están condicionados, no por una convención del hombre, sino por la naturaleza misma de lo poético: el contenido debe contener misterio, y la forma debe contener música. Aclarando que el misterio no significa turbiedad; ni la música, ritmo edulcorado. El poeta, como un ciego, debe andar en la sombra sin caer en el abismo, y tiene la misión de llegar a su destino en cada poema; y, así mismo, como un bailarín honesto, debe danzar sin caer en el mecanicismo de sus pasos, y tiene la misión de encontrar su propio ritmo, el lenguaje que armonice con su pensamiento poético.

Por todas estas razones es que el estudio de un buen poema, requiere ser indagado en fondo y forma, para encontrar en la amalgama el verdadero placer estético. Encontrando los sutiles lazos que producen la armonía de la obra, se logra abarcar toda su belleza.


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sábado, 9 de abril de 2016

Cesare Pavese





Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950), "Lavorare stanca" (1936, 1943), Poesie, Mondadori, Verona, 1969. Gran poeta italiano.
Pavese tratará de vencer la soledad interior, que veía como una condena y una vocación. Se suicidó a los cuarenta y dos años de edad. Su gran amigo el escritor Davide Lajolo describió, en su libro El vicio absurdo, el malestar existencial que envolvió siempre su vida.

Este poema es un ejemplo de aquella soledad terrible que acometía al poeta, que se acentúa por el deseo ferviente de ser padre.


Paternidad

Hombre solo, delante del mar inútil,
esperando la noche, esperando la mañana.
Los chicos juegan, pero este hombre querría
tener él un chico y mirarlo jugar.
Grandes nubes forman un edificio sobre el agua,
que cada día se desploma y resurge, y colorea
la cara de los chicos. Estará siempre el mar.

La mañana hiere. Sobre esta húmeda playa
se desliza el sol y se aferra a las redes y las piedras.
Sale el hombre por el turbio sol y camina
a lo largo del mar. No mira la húmeda espuma
que corre por la orilla y no tiene nunca paz.
A esta hora, los chicos dormitan todavía
en la tibieza de la cama. A esta hora, dormita
dentro de la cama una mujer, que haría el amor
si no estuviese sola. Lento, el hombre se queda
desnudo, como la mujer lejana, y desciende al mar.

Después, de noche, cuando el mar se desvanece, se oye
el gran vacío debajo de las estrellas. Los chicos
en las casas enrojecidas se van cayendo de sueño
y alguno llora. El hombre, cansado de esperar,
levanta los ojos a las estrellas, que no oyen nada.
Hay mujeres, a esta hora, que desvisten a un chico
y lo hacen dormir. Hay alguna en una cama,
abrazada a un hombre. Por la negra ventana,
entra un jadeo ronco, y nadie lo escucha
sino el hombre, que conoce todo el tedio del mar.


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