El misterioso arte de la poesía



No creo que exista senda de mayor importancia en la búsqueda del hombre que la poesía. A través de ella nos acercamos al verdadero misterio de la creación. Ser poeta es lidiar con el misterio, desgarrarse la carne con el espíritu hacia lo divino, hacia la visión de nuestra naturaleza humana. La poesía es la más porfiada y la más certera actividad del hombre en su lucha por desentrañar el misterio de lo creado. Es la madre de la filosofía y, por ende, de todas las ciencias. La filosofía —un camino que también conduce al mismo afán— se encuentra, en sus pacientes escarceos, lejanamente distanciada del resplandor que es la meta. Y todo ello porque prescinde del arte, de jugar con el misterio, de crear un misterio sobre otro misterio para arrancar la luz de la concatenación de oscuridades.

Cuando la poesía que uno lee es auténtica, toca el fondo de uno mismo, allí donde se esconde el sentido oculto de la existencia, y parece acercarnos a lo trascendente, al eslabón perdido con la divinidad.

La poesía que emociona, que “toca el fondo”, se basa en dos cimientos imprescindibles que no se pueden soslayar: el contenido, el mensaje, el hecho que se desea trasmitir; y la forma, la manera en que se quiere plasmar el pensamiento. Ambos cimientos están condicionados, no por una convención del hombre, sino por la naturaleza misma de lo poético: el contenido debe contener misterio, y la forma debe contener música. Aclarando que el misterio no significa turbiedad; ni la música, ritmo edulcorado. El poeta, como un ciego, debe andar en la sombra sin caer en el abismo, y tiene la misión de llegar a su destino en cada poema; y, así mismo, como un bailarín honesto, debe danzar sin caer en el mecanicismo de sus pasos, y tiene la misión de encontrar su propio ritmo, el lenguaje que armonice con su pensamiento poético.

Por todas estas razones es que el estudio de un buen poema, requiere ser indagado en fondo y forma, para encontrar en la amalgama el verdadero placer estético. Encontrando los sutiles lazos que producen la armonía de la obra, se logra abarcar toda su belleza.


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martes, 15 de marzo de 2016

Wystan Hugh Auden




Wystan Hugh Auden, más conocido como W. H. Auden (York, 21 de febrero, 1907 – Viena, 29 de septiembre, 1973), fue un poeta y ensayista británico, nacionalizado estadounidense en 1946.

Estudió en la Escuela Gresham y más tarde en la Universidad de Oxford. Su nombre apareció relacionado con otras figuras de la vida literaria inglesa como Stephan Spender o Christopher Isherwood.

Sus poemas tempranos fueron escritos a fines de los años 1920 y, desde 1930, alternó un estilo telegráfico moderno y un modo de escribir fluido de corte tradicional, escrito con un tono dramático e intenso, que logró una reputación casi profética. Tras su ida a América, cambió el tono y exploró temas religiosos y dramáticos. Su obra poética es conocida por sus logros estilísticos y técnicos novedosos, su compromiso con los principales asuntos morales y políticos de su tiempo, y por su variedad de tonos, formas y contenidos. Los temas centrales de su poesía son: el amor personal, la política y el concepto de ciudadanía, la religión y la moral, y la relación entre los seres humanos como individuos y el anónimo e impersonal mundo de la naturaleza.

Está considerado como uno de los más grandes escritores del siglo XX, y ha sido —en lengua inglesa— equiparado con Yeats y T.S. Eliot. Fue premiado con el Bollingen Prize y el National Book Award.


Funeral blues


Paren todos los relojes, descuelguen el teléfono,
Eviten que el perro ladre dándole un hueso jugoso,
Silencien los pianos, y con un apagado timbal,
Saquen el ataúd, dejen pasar a los deudos.

Que los aviones nos sobrevuelen en círculos luctuosos
garabateando en el cielo el mensaje  Él ha muerto,
Pongan un crespón alrededor de los cuellos blancos de las palomas,
Que los policías de tráfico usen guantes negros de algodón.

Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y mi Oeste,
Mi semana de trabajo y mi descanso dominical,
Mi mediodía, mi medianoche, mi palabra, mi canción;
Creí que el amor sería eterno, pero me equivoqué.

Ya no deseo las estrellas: apáguenlas todas;
Llévense la luna y desmantelen el sol;
Vacíen el océano y talen los bosques,
Porque ya nada puede volver a ser como antes.


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