El misterioso arte de la poesía



No creo que exista senda de mayor importancia en la búsqueda del hombre que la poesía. A través de ella nos acercamos al verdadero misterio de la creación. Ser poeta es lidiar con el misterio, desgarrarse la carne con el espíritu hacia lo divino, hacia la visión de nuestra naturaleza humana. La poesía es la más porfiada y la más certera actividad del hombre en su lucha por desentrañar el misterio de lo creado. Es la madre de la filosofía y, por ende, de todas las ciencias. La filosofía —un camino que también conduce al mismo afán— se encuentra, en sus pacientes escarceos, lejanamente distanciada del resplandor que es la meta. Y todo ello porque prescinde del arte, de jugar con el misterio, de crear un misterio sobre otro misterio para arrancar la luz de la concatenación de oscuridades.

Cuando la poesía que uno lee es auténtica, toca el fondo de uno mismo, allí donde se esconde el sentido oculto de la existencia, y parece acercarnos a lo trascendente, al eslabón perdido con la divinidad.

La poesía que emociona, que “toca el fondo”, se basa en dos cimientos imprescindibles que no se pueden soslayar: el contenido, el mensaje, el hecho que se desea trasmitir; y la forma, la manera en que se quiere plasmar el pensamiento. Ambos cimientos están condicionados, no por una convención del hombre, sino por la naturaleza misma de lo poético: el contenido debe contener misterio, y la forma debe contener música. Aclarando que el misterio no significa turbiedad; ni la música, ritmo edulcorado. El poeta, como un ciego, debe andar en la sombra sin caer en el abismo, y tiene la misión de llegar a su destino en cada poema; y, así mismo, como un bailarín honesto, debe danzar sin caer en el mecanicismo de sus pasos, y tiene la misión de encontrar su propio ritmo, el lenguaje que armonice con su pensamiento poético.

Por todas estas razones es que el estudio de un buen poema, requiere ser indagado en fondo y forma, para encontrar en la amalgama el verdadero placer estético. Encontrando los sutiles lazos que producen la armonía de la obra, se logra abarcar toda su belleza.


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jueves, 10 de marzo de 2016

Seamus Heaney





(Condado de Derry, Irlanda del Norte, 13 de abril de 1939 - Dublín, 30 de agosto de 2013)
La poesía de Heaney está anclada en los contextos físicos y rurales de su infancia. A medida que se desarrolla su obra, esos escenarios se convierten en el foco de una búsqueda arqueológica de los mitos e historias que han contribuido a configurar la violenta situación política de Irlanda del Norte. La obra de Heaney muestra una gran flexibilidad rítmica, pero es sobre todo la intensidad de su lenguaje, que contrasta con el silencio de las gentes que describe, la que lo ha hecho famoso.


CAVAR

Entre índice y pulgar
descansa mi lapicera, calzada como un revólver.

Bajo la ventana, el ruido limpio y áspero
de la pala al hundirse en el pedregullo:
es mi padre, que cava. Lo miro

hasta que su espalda arqueada se dobla
entre los canteros, y reaparece veinte años atrás
agachado entre los surcos de papas
donde cavaba.

Con la bota rústica encajada en la pala, y el mango
haciendo palanca en la rodilla,
iba arrancando los tallos, hundía hasta el fondo el filo brillante
para esparcir las papas nuevas, que juntábamos
fascinados por su dureza fría en las manos.

Por dios, cómo manejaba la pala el viejo.
Igual que el de él.

Mi abuelo cortaba más turba en un día
que cualquier otro en la turbera de Toner.
Una vez le llevé leche en una botella
tapada con un corcho de papel. Él se paró
a tomarla y enseguida volvió a agacharse
a cortar y tajar con esmero, arrojando los terrones
sobre el hombro, más y más hondo,
en busca de la turba buena. Cavando.

El olor frío del moho de las papas, el chapoteo
de la turba empapada, los cortes secos de un filo
contra las raíces vivas se despiertan en mi cabeza.
Pero yo no tengo pala con que seguir a esos hombres.

Entre el pulgar y el índice
descansa mi lapicera.
Con ella, cavaré.




Versión en castellano de Sandra Toro.

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