El misterioso arte de la poesía



No creo que exista senda de mayor importancia en la búsqueda del hombre que la poesía. A través de ella nos acercamos al verdadero misterio de la creación. Ser poeta es lidiar con el misterio, desgarrarse la carne con el espíritu hacia lo divino, hacia la visión de nuestra naturaleza humana. La poesía es la más porfiada y la más certera actividad del hombre en su lucha por desentrañar el misterio de lo creado. Es la madre de la filosofía y, por ende, de todas las ciencias. La filosofía —un camino que también conduce al mismo afán— se encuentra, en sus pacientes escarceos, lejanamente distanciada del resplandor que es la meta. Y todo ello porque prescinde del arte, de jugar con el misterio, de crear un misterio sobre otro misterio para arrancar la luz de la concatenación de oscuridades.

Cuando la poesía que uno lee es auténtica, toca el fondo de uno mismo, allí donde se esconde el sentido oculto de la existencia, y parece acercarnos a lo trascendente, al eslabón perdido con la divinidad.

La poesía que emociona, que “toca el fondo”, se basa en dos cimientos imprescindibles que no se pueden soslayar: el contenido, el mensaje, el hecho que se desea trasmitir; y la forma, la manera en que se quiere plasmar el pensamiento. Ambos cimientos están condicionados, no por una convención del hombre, sino por la naturaleza misma de lo poético: el contenido debe contener misterio, y la forma debe contener música. Aclarando que el misterio no significa turbiedad; ni la música, ritmo edulcorado. El poeta, como un ciego, debe andar en la sombra sin caer en el abismo, y tiene la misión de llegar a su destino en cada poema; y, así mismo, como un bailarín honesto, debe danzar sin caer en el mecanicismo de sus pasos, y tiene la misión de encontrar su propio ritmo, el lenguaje que armonice con su pensamiento poético.

Por todas estas razones es que el estudio de un buen poema, requiere ser indagado en fondo y forma, para encontrar en la amalgama el verdadero placer estético. Encontrando los sutiles lazos que producen la armonía de la obra, se logra abarcar toda su belleza.


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lunes, 11 de enero de 2016

Comentario del poema RELATIVIDAD DE LA TRISTEZA


Autor del poema: José Manuel Sáiz


Hoy me siento tan triste y tan pequeño
que no encuentro la forma
de huir del porvenir.

Sin embargo, de vez en cuando,
pasa alguien a mi lado que parece
muy grande y muy feliz, y entonces
mi puerta al porvenir se abre
y me permite ver un cielo
azul y muy profundo.

Tal vez, por otra parte, le pueda parecer a alguien
muy grande y muy feliz, yo también. Y puede que ese alguien,
que hoy se siente muy triste y muy pequeño,
(más triste y más pequeño que yo ahora) un buen día
se cruce en mi camino y yo le abra sin saberlo
su vida al porvenir.

Cuántas veces el sol alumbra
al otro lado de una puerta, que no se sabe
cómo abrir.


Cuando la poesía se concibe como algo inseparable de la realidad, pero la realidad, al ser percibida por el poeta en conjunción con sus sentimientos, adquiere una dimensión, una mirada, muy personal, el poema resultante de esta posición, llega al lector con toda su carga poética; es decir, como aprehensión de dicha realidad, a partir de la sensibilidad con que el poeta la ha percibido. Y, si a ello sumamos el hecho de que cada lector posee una sensibilidad diferente (a causa de las razones obvias de sus propias experiencias vitales), podríamos decir que cada lector “ve” un poema desde un ángulo diferente. Pero no tan diferente como para que se considere “obra distinta” una visión de la otra. Más bien se trata de la misma aprehensión, en grados diferentes de percepción sensitiva. Por otro lado, cuando mayor es la sensibilidad (más allá del grado intelectual, que también influye) del poeta, nos trasmite más cosas íntimas, más detalles, lo cual hace más compleja y sutil la realidad poética que bulle en su interior. Finalmente, un poema sólo puede ser comprendido en su totalidad por el poeta que lo ha creado, porque sólo él puede saber lo que dijo y lo que dejó de decir; es decir, lo que la limitación de la expresión le permitió decir, y lo que la barrera de las palabras (un instrumento lógico) nunca le permitió decir.

Creo que esta pequeña introducción viene a cuento para hablar de este poema del compañero Sáiz, para buscar determinan su valor, y para que yo trate de explicar por qué mi sensibilidad poética se ha visto emocionada al leerlo. En efecto, si analizamos el contenido del poema, vemos que se refiere al contagio emocional, o a la empatía personal, entendiéndose este concepto como la facultad de aprehender lo que otra persona puede sentir. Como vemos, más allá de su aparente mensaje explícito, claro, carente de metáforas engorrosas ni escudos léxicos que dificulten su acceso cognitivo, el argumento hace partícipe a la razón, el poema “se entiende”, el poema tiene un hilo argumental que arranca en el primer verso y termina en el remate. Se trata, pues, del relato de una visión de la realidad, con mucha probabilidad de contener elementos autobiográficos (hecho que hace, de los poemas, más genuinos). Y el poema impacta, emociona, trasmite la sensación de encontrarnos frente a una gran verdad, frente a una verdad a prueba de sofismas, una verdad que nos penetra y modifica nuestra estatura intelectual y psicológica; en una palabra: nos hace crecer como seres humanos. Que el relato de una historia psíquica se convierta en un impacto emocional es el quid que le otorga su grandeza a este texto. Podríamos seguir hablando mucho más de este poema; decir, por ejemplo, que los dos últimos versos, los que conforman el remate, tienen, sin duda alguna para mi modesto comprender, esa llegada al final sorteando la travesía del verso no nacido aún pero buscado afanosamente, ese anclar en el puerto correcto luego de una navegación llena de dificultades y con la sola brújula de la intuición, esa victoria insólita y explosiva del estro.

Cuántas veces el sol alumbra
al otro lado de una puerta, que no se sabe
cómo abrir.

Estos versos de remate, además de brindarle sólido final semántico al poema, se constituyen en una idea de hondo contenido filosófico, una idea poética de gran valor gnóstico, por tratarse de una imagen alegórica que se trasforma en una impactante revelación intelectual. Es decir que el hombre necesita del hombre para salir de la oscuridad. El poeta necesita de otro poeta para crecer. El fuego de un hombre alumbra a otro hombre. Esta idea que, olvidando el individualismo, defiende con gran convicción y poesía la necesidad del colectivismo, de una sociedad consolidada en la trasmisión desprendida y absoluta de sabiduría entre sus miembros.

Considero que es éste, uno de los grandes poemas que han salido del taller poético artesanal de nuestro apreciado compañero. Digo artesanal, como puedo decir orfebrería, por el cuidadoso tratamiento formal que tiene la estructura silábica de cada verso, y que le ha llevado a conquistar (nuevamente) un ritmo preciso y precioso. Pero, para que todo no sea extremadamente positivo, tal vez sea necesario revelar un punto, cuya solución buscaría la perfección exagerada del ritmo; pero, si así no fuese, si el texto se dejase tal cual está ya escrito, no creo tampoco que atente contra la calidad de este trabajo. Sólo lo hago a modo de charla.

muy grande y muy feliz (7), yo también. Y puede que ese alguien (11)

En este verso, al llevar a cabo la escansión, y buscándole la/las pausas que permitan una entonación adecuada, he encontrado la solución señalada. Esta división métrica me parece correcta. Lo que la hace discutible es el sintagma “que ese”. En este caso, el autor prescinde de la sinalefa (casi obligatoria, debido a la igualdad de las letras última y primera de cada palabra: “que-ese o quese”). Insistimos: no decimos que no se pueda prescindir de esta sinalefa. Lo que hemos notado es que existe otro verso dentro del poema, donde al mismo problema se le ha dado un tratamiento diferente:

que hoy se siente muy triste y muy pequeño

En este verso que, indudablemente es un endecasílabo (11 sílabas), porque estamos frente a un poema de ritmo imparisílabo, el sintagma “que hoy” recibe, sin embargo el apoyo de la sinalefa para la consecución de un ritmo perfecto. Si exigiésemos una congruencia de criterios dentro del poema (cada poema determina sus propias reglas, que no deben ser violadas), deberíamos pedir que en ambos casos se utilicen el mismo criterio: que-e-se (3 sílabas), que-hoy (2 sílabas), o quee-se (2 sílabas), queoy (1 sílaba) . Aunque uno no quiera creerlo, estos pequeños detalles, estas quisquillosidades, hacen la diferencia cuando leemos las obras de artistas consagrados. Yo considero que las incongruencias (que pueden ser de distintas naturalezas; verbales, sintácticas, semánticas, etc., etc.) son las que rebajan significativamente la calidad de un poema, muy a pesar de que muchos poetas denosten esta postura, y manifiesten que sólo es importante el contenido.



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