El misterioso arte de la poesía



No creo que exista senda de mayor importancia en la búsqueda del hombre que la poesía. A través de ella nos acercamos al verdadero misterio de la creación. Ser poeta es lidiar con el misterio, desgarrarse la carne con el espíritu hacia lo divino, hacia la visión de nuestra naturaleza humana. La poesía es la más porfiada y la más certera actividad del hombre en su lucha por desentrañar el misterio de lo creado. Es la madre de la filosofía y, por ende, de todas las ciencias. La filosofía —un camino que también conduce al mismo afán— se encuentra, en sus pacientes escarceos, lejanamente distanciada del resplandor que es la meta. Y todo ello porque prescinde del arte, de jugar con el misterio, de crear un misterio sobre otro misterio para arrancar la luz de la concatenación de oscuridades.

Cuando la poesía que uno lee es auténtica, toca el fondo de uno mismo, allí donde se esconde el sentido oculto de la existencia, y parece acercarnos a lo trascendente, al eslabón perdido con la divinidad.

La poesía que emociona, que “toca el fondo”, se basa en dos cimientos imprescindibles que no se pueden soslayar: el contenido, el mensaje, el hecho que se desea trasmitir; y la forma, la manera en que se quiere plasmar el pensamiento. Ambos cimientos están condicionados, no por una convención del hombre, sino por la naturaleza misma de lo poético: el contenido debe contener misterio, y la forma debe contener música. Aclarando que el misterio no significa turbiedad; ni la música, ritmo edulcorado. El poeta, como un ciego, debe andar en la sombra sin caer en el abismo, y tiene la misión de llegar a su destino en cada poema; y, así mismo, como un bailarín honesto, debe danzar sin caer en el mecanicismo de sus pasos, y tiene la misión de encontrar su propio ritmo, el lenguaje que armonice con su pensamiento poético.

Por todas estas razones es que el estudio de un buen poema, requiere ser indagado en fondo y forma, para encontrar en la amalgama el verdadero placer estético. Encontrando los sutiles lazos que producen la armonía de la obra, se logra abarcar toda su belleza.


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jueves, 31 de diciembre de 2015

El malentendido de las traducciones



Existe la hipótesis de que las traducciones , ante la imposibilidad de una literalidad que respete sacramente el texto original, han creado en muchos poetas una imagen deformada del verso libre, asumiendo que la prosa cortada resultante de dichas traducciones, sin ningún tipo de cuidado formal, es absolutamente válido para emular, y efectivo para el arte de versar. Pero, si tenemos en cuenta estas palabras de un traductor argentino que trascribo , podemos entrever que cierto peso podría tener nuestra sospecha de que la prosa cortada, si no está cuidadosamente revisada en su aspecto de entramado armónico de palabras, si no se le proporciona un ritmo, ya sea clásico, ya sea intimista, provoca en el lector una sensación de la forma fallida, de la disonancia fónica, un texto desagradable de leer y/o de entonar.

"Basta cotejar los textos originales para comprobar que autores tan diversos y decisivos para la escritura moderna, como T. S. Eliot, Wallace Stevens, Robert Lowell, Robert Frost, W. H. Auden, Stephen Spender, Cecil Day Lewis, Paul Eluard, Louis Aragon, Giuseppe Ungaretti, Eugenio Montale, Umberto Saba, Sandro Penna, Salvatore Quasimodo, Vittorio Sereni, Alfonso Gatto, Cesare Pavese, Rainer María Rilke, George Trakl, Stefan George, Hermann Hesse, Else Lasker-Schüler, Gottfried Benn, Bertolt Brecht, etc., etc., están lejos de ser los poetas antimusicales que tales traducciones nos presentan, han sido artistas que han trabajado sus versos con un cuidadoso sentido rítmico y métrico, y a menudo con un insistente recurso a las asonancias y las consonancias de la rima."

(Pablo Anadón, revista Fénix, número 20-21, octubre 2006-abril 2007, Córdoba, Argentina.)

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