El misterioso arte de la poesía



No creo que exista senda de mayor importancia en la búsqueda del hombre que la poesía. A través de ella nos acercamos al verdadero misterio de la creación. Ser poeta es lidiar con el misterio, desgarrarse la carne con el espíritu hacia lo divino, hacia la visión de nuestra naturaleza humana. La poesía es la más porfiada y la más certera actividad del hombre en su lucha por desentrañar el misterio de lo creado. Es la madre de la filosofía y, por ende, de todas las ciencias. La filosofía —un camino que también conduce al mismo afán— se encuentra, en sus pacientes escarceos, lejanamente distanciada del resplandor que es la meta. Y todo ello porque prescinde del arte, de jugar con el misterio, de crear un misterio sobre otro misterio para arrancar la luz de la concatenación de oscuridades.

Cuando la poesía que uno lee es auténtica, toca el fondo de uno mismo, allí donde se esconde el sentido oculto de la existencia, y parece acercarnos a lo trascendente, al eslabón perdido con la divinidad.

La poesía que emociona, que “toca el fondo”, se basa en dos cimientos imprescindibles que no se pueden soslayar: el contenido, el mensaje, el hecho que se desea trasmitir; y la forma, la manera en que se quiere plasmar el pensamiento. Ambos cimientos están condicionados, no por una convención del hombre, sino por la naturaleza misma de lo poético: el contenido debe contener misterio, y la forma debe contener música. Aclarando que el misterio no significa turbiedad; ni la música, ritmo edulcorado. El poeta, como un ciego, debe andar en la sombra sin caer en el abismo, y tiene la misión de llegar a su destino en cada poema; y, así mismo, como un bailarín honesto, debe danzar sin caer en el mecanicismo de sus pasos, y tiene la misión de encontrar su propio ritmo, el lenguaje que armonice con su pensamiento poético.

Por todas estas razones es que el estudio de un buen poema, requiere ser indagado en fondo y forma, para encontrar en la amalgama el verdadero placer estético. Encontrando los sutiles lazos que producen la armonía de la obra, se logra abarcar toda su belleza.


.

martes, 25 de agosto de 2015

Preposición por adverbio


Yo comparto la idea de que las preposiciones debilitan la categoría poética del verso. Y, al igual que muchos estudiosos de la relación entre el lenguaje y la poesía, me resultan partículas, más bien, naturales de la prosa; es decir, que las preposiciones pueden crear, al menor descuido, prosaísmo en un poema. Se las debería utilizar lo menos que se pueda (y menos aún en inicio de versos). Pero, también hay que decir que, en casos concretos, son útiles para crear anáforas, y como recurso de repetición para enlentecer una cláusula. Generalmente, el cambio por un adverbio fortalece la semántica del verso. Ejemplo:


Poeta: tu destino está en el verso,
con el rumor del canto. (con preposición)

Poeta: tu destino está en el verso,
junto al rumor del canto. (con adverbio) 



Quiero agregar que este detalle se debería tener más en cuenta en los poemas métricos, donde la ubicación de los vocablos resulta mucho más determinante para la expresión y la eufonía que el verso libre.

No hay comentarios: